Marco Valerio 2024

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Arte: “Pop, político, punk”

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Aun cuando el título es muy atractivo, la exposición que presenta el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México bajo el título “Pop, político, punk” tiene imprecisiones relevantes en los conceptos que plantea y, por lo mismo, oscila entre el desconocimiento artístico, la falta de rigor curatorial y la irresponsabilidad museística.

La abstracción geométrica de Hersúa, Goeritz y Helen Escobedo no es arte pop. La pintura negra y matérica de Beatriz Zamora no es arte punk. Y las alhajas que ensambló Teresa Margolles con vidrios que se rompieron por balaceras del narco, no son arte político.

La falta de profesionalismo que se percibe en los servicios que ofrece el museo empieza desde la entrada al estacionamiento. ¿A dónde va?, pregunta amenazante el sujeto encargado de dar la tarjeta de acceso; un cuestionamiento absurdo, ya que el servicio no es exclusivo para el museo. Y en cuanto a la exposición, como bien señala la cédula de presentación, el acervo del MAM “da cuenta” de una gran diversidad de “búsquedas plásticas”. Pero lejos de “complejizar su investigación” -como afirma el personal museístico-, esa pluralidad enriquece y hace fascinante el devenir artístico en su tránsito de moderno a posmoderno.  

Interesados en “generar una comprensión más integral de dicha producción artística”, el equipo del MAM -de quienes no se mencionan nombres- revisa la colección estableciendo tres “posturas” que, desde su punto de vista, critican la utopía de la modernidad en el siglo XX: pop, política, punk.  Desde una perspectiva general, la relación entre las obras expuestas y las estéticas pop y punk es confusa. La sección dedicada a la política es más precisa porque se concentra en imágenes que registran sucesos concretos, entre los que se encuentra el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional de 1994.

Sin embargo, a pesar de la confusión curatorial, la muestra es interesante y muy disfrutable, debido a la presencia de numerosas obras que marcaron la escena de la artes visuales en México de los años sesenta del siglo XX a la primera década del XXI, por ejemplo:

  • El tránsito de Gelsen Gas de la abstracción orgánica y op a la
  • figuración neodadá.
  • El contraste entre el irreverente kitsch del autorretrato de Xavier
  • Esqueda como el luchador “Santo en la montaña” de 1971 y la sobriedad de su conocida caja “Homenaje a Duchamp” que, realizada en 2006, está repleta de dados que rodean la figura de un dodo.
  • Las espléndidas fotocopias en láser del proyecto Mímesis de 1991.       
  • Las exploraciones espaciales a través de escenas y narrativas casi
  • monocromáticas de la pintura de Ulises García Ponce de León.
  • El contundente expresionismo de la pictoricidad de Rubén Rosas en
  • su “Visión de los vencidos” de 2016.
  • La poética neosurrealista de Enrique Guzmán.
  • Las simbólicas reglas rotas de Adolfo Patiño.
  • Los abigarrados medios compuestos del Gritón.
  • Y los inicios de los entes pictóricos de Roberto Turnbull.

Son algunas de las muchísimas piezas y autorías que permiten ubicar la calidad tanto del arte contemporáneo mexicano como de la colección del MAM. Desde la geometría del colombiano Omar Rayo, de quien se expone un fantástico oleo expandido de 1973, hasta el maravilloso color de la “Naturaleza quieta” y fotográfica que registró Yolanda Andrade en 2004. Una pluralidad creativa que no necesita curadurías mercadológicas para sobresalir.

Entre las obras más sobresalientes y confrontantes se encuentran los atrevidos y profanos “Autorretratos religiosos” de Gustavo Monroy. Una propuesta de 1986 que sobresalió con una poética que esconde, en el descaro  de la sorna, una profunda búsqueda espiritual.

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